Nº698: El tío, un diablo que no es diablo, 09-02-12

EL TIO, UN DIABLO QUE NO ES DIABLO

El día viernes de carnaval, antes de la entrada de peregrinación –en el caso de Oruro- los trabajadores mineros se reúnen, para realizar una de las ceremonias más importantes para su trabajo en el interior de los socavones y túneles de las minas. Para ello se prepara el gran convite o Karaku en servicio al Tío de la mina, que como dueño de las riquezas mineras suele tener su lugar en diversos parajes.

¿Pero quién es el Tío? Por su relación con el mundo subterráneo, las representaciones que se le han hecho, lo han equiparado a la figura del diablo, traída por la iglesia durante la colonia; es decir: cuernos, colmillos y ojos exorbitados. Sin embargo, en la región de los pueblos Uru Uru, regía la fuerza de Wari, que según la leyenda controlaba los elementos naturales que convertidas en plagas destructivas, fueron detenidas por la presencia Inka (ñusta) que se convertiría luego en la Virgen del Socavón, quien desterró a Wari a las profundidades de la tierra y que allí en su morada recibe a los mineros, actuales descendientes de los Urus, que lo reconocen familiarmente con el nombre de Tío.

Para la ceremonia del Karaku, el Tío, -además del cotidiano akulliku o pijchu de coca, acompañado de un cigarro y algo de alcohol,- es adornado o t’ikanchado con mixtura y serpentina de colores. Ya que en su honor y en agradecimiento por el mineral obtenido, recibirá una wilancha o sacrificio de una llama o cordero blancos, cuyos huesos serán enterrados y con cuya sangre se ch’allaran la bocamina, los parajes, las vetas de mineral, las herramientas, las oficinas y todo lo que esté comprometido con el trabajo minero. Se le invita también la mesa dulce, cerveza, alcohol, vino dulce, la k’oa y el copal que son ofrecidos mediante el fuego, por cada uno de los presentes que han recordado también a la Pachamama y a los Jilaratas o Mallkus del lugar. De esta manera se le agradece por la producción y el mineral obtenido y por haber cuidado del peligro a los mineros. En caso de no realizar el convite,  la cuadrilla se puede arriesgar a recibir un castigo, por haber olvidado a su benefactor que suele tener diferentes nombres (el tío Isidro, el tío Lucas,…).

Se dice que el Tío no sólo se aparece en sueños, sino también suele salir y ser visto por quienes se atreven a estar en ciertos lugares durante la mala hora. Para ello toma la forma de un perro o gato, de un gringo o personaje rubio y colorado, que ofrece al minero la riqueza de sus vetas. ¿Cómo contradecir éstas experiencias?, si el trabajo minero se realiza en diversos niveles de profundidad, 250, 340 y más metros, situación que en interior mina implica menos oxígeno, más calor, más humedad, gases producidos al mezclarse agua y mineral, y polvo de roca que penetra por la respiración hasta los pulmones y parece que llega al cerebro. Aspectos que son combatidos por la coca y el alcohol. Además, está siempre presente la amenaza que algún derrumbe pueda acabar con sus días. De allí que los  mineros conciban la vida siempre al filo de la muerte y se internen en los socavones con la fe puesta, no sólo en un Dios cristiano y en la Virgen, sino también en el Tío.

Sin duda ésta ceremonia, que en origen responde a aspectos culturales ligados a la Pachamama y al Wari, ha logrado arraigarse en otros ámbitos de trabajo, más urbanos, que antes se escandalizaban y condenaban tales prácticas. Actualmente, el viernes de carnaval se ha generalizado la ch’alla a los lugares de trabajo, especialmente en oficinas y espacios públicos.

Volviendo a la figura del Tío, señor del subsuelo y de la mina, es probable que su antecedente se encuentre en las cabezas talladas en piedra (Wankarani) de camélido – puma, donde las orejas asemejan cuernos, los ojos son circulares y en la boca se han tallado colmillos. Imágenes que para extraños pudo asemejarse al diablo de su propia cultura, pero que para esta otra, no deja de ser el Tío.

Ruth Carol Rocha Grimoldi